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La voy a rehusar. Me duele, me duele barbaridades dejarla, sobre todo porque es una visión del paraíso. Porque es culta y habla muchos idiomas y sobre todo porque huele a flor. Huele a manzana esa tía.
La primera vez que nos vimos, yo recién llegado de mi viaje al sur, la vi en la casa de unos amigos comunes. Sentada en un rincón del salón, charlaba animadamente con una amiga, ajena a todo el universo. La noté porque era joven y tenía una sonrisa ancha, ojos alegres y estaba muy a gusto en su pequeño microcosmos de amistad y tranquilidad.
La noté y creo que ella también me notó. Pero no quiso acercarse y tuve yo mismo que hacerlo. Decidí coger una bebida, la excusa perfecta para acercarme a aquel rincón mágico, a aquella diosa de pelo negro. Me desafió el hecho de que estuviese tan calladita en su charla, a veces me miraba pero sin detenerse mucho tiempo y con unos ojos que no dejaban exactamente claro si me deseaba o no.
Nos presentaron aquel mismo momento de la bebida, entre sonrisas y miradas, descubrí que la deseaba, y que sería mía. Traté de acercarme más, y descubrí que era traductora, y que había vivido en muchas partes, en algunos países de Europa y de África. La noté algo melancólica aunque sonriese. La deseé en su melancolía y en su geografía sentimental. Quise tenerla aquella misma noche, pero era algo difícil pues mi piso estaba de reforma y yo dormía hacía algunos días ya en la casa de mis padres. Ella tampoco quiso estar conmigo en aquel momento, me besó después de innumerables tentativas de robarle un beso, fue como un trofeo olímpico para mí tener aquellos labios delgados y rojizos cerca de los míos.
Soñé con ella aquella noche y la noche siguiente. No me atreví a pedirle su número de teléfono, no quería molestarla, sobre todo porque ella no me había pedido el mío, y pensé “debe de tener novio”. Decidí resignarme. “No pensaré en ella”, decidí.
Tres días tras conocerla suena el móvil. Eran las diez de la noche de un miércoles, yo me había duchado para salir de copas con unos amigos.
Cuento la historia mientras la echo de menos, pero será mejor así. Si la tengo, muero. Ella es una gran amenaza a mi vida. Es la mujer por la que yo mataría y por la que me dejaría abatir. Siento como si me faltara el juicio cuando estoy cerca de ella. Es un volcán prehistórico, es una avalancha lo que me cubre, tengo escalofríos pensando en ella y la pasión es algo que debo rehusar, que no me pertenece porque sé que no es algo sano, no es algo de equilibrio.
Cuando me llamó pasé la noche pensando en ella y en sus brazos desnudos y en su acento del sur. Quería encontrarla. Me dijo sin sobresaltos que necesitaba conocerme mejor, que yo le había gustado y que me encontraba interesante. Yo le dije “tú también eres muy maja e interesante”. No podía tener otro pensamiento que no fuera ella.
Nos hablamos varias veces por teléfono antes de nuestro primer encuentro. Ella me llamaba, yo a ella, era un momento que yo ansiaba todo el día: cuando el timbre del teléfono sonase trayéndome su voz de terciopelo y su acento sureño.
Nuestro segundo y definitivo encuentro fue un lunes, a las nueve de la tarde. La recogí a su casa, después de salir del trabajo y ponerme guapo para que sus ojos me quisieran. Ella llevaba un vestido blanco, como una linda campesina. Me recuerdo de sus cabellos colgados de la nuca, ¡cómo estaba bella! Hasta aquel momento no sabía que me esperaba una mujer-terremoto, un huracán femenino de esos que destruyen la paz de cualquier ser viviente.
Cenamos a la luz de velas, en un restaurante con música en vivo. Me recuerdo de que eran violines, y la música nos transportó a otros lugares, y jugamos de ser otras personas, como si nos fuera permitido soñar otras existencias.
Ella es la mujer más espectacular que jamás he conocido. No sólo por sus atribuciones profesionales o físicas, sino porque es alguien imprevisible y me lleva por la mano a sitios que yo jamás había imaginado existiesen. Por todo eso quiero dejarla.
La abandono, y abandono este amor porque no puedo fiarme de nada entre nosotros. Porque ella es demasiado fuerte e intensa para mí. Porque tengo miedo de lo que me hace sentir, tengo miedo cuando me manda poemas por correo, o cuando me quiere llevar o otros mundos. Tengo miedo del hombre que ella hace brotar en mi cuerpo y en mi espíritu cuando estamos juntos. No sé quién soy cuando estoy con ella, pero estoy seguro que ella sabe quién es ella misma. Y eso me produce más miedo aun, porque ella se adueña de la situación.
La veo como una mujer enorme, debe de medir unos dos metros de alto y pesar unos doscientos quilos, pero muy bien proporcionados. Tiene unas manos capaces de cubrirme todo el sexo, sin necesitar las dos. Tiene unos ojos capaces de acompañarme por donde yo vaya. Me da miedo que decida controlarme. Me da pavor que quiera destruir mi sexo de un puñetazo.
Anoche soñé que me tragaba con su sexo. Mientras hacíamos el amor, ella empezaba a succionarme como si yo fuera un líquido, y en pocos segundos yo estaba entero dentro de su cuerpo, como si volviera al útero, pero el de esta mujer que pensaba querer, no el de mi mamá. Sentía confort, no lo puedo negar, pero la idea de que yo podría ser tragado me hizo despertarme sudado y con una angustia de todos los demonios.
Por eso me he despertado esta mañana decidido a dejarla. No la puedo querer. Es demasiado fuerte para mi amor. Es demasiado intensa para mi vida. Si nos amamos, puedo morir súbitamente de algún mal desconocido, como que por obra de hechicería o encantamientos.

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